Niña María Luisa Canales
Niña María Luisa Canales

Asociación Manos Amigas, Costa Rica


 En mi familia somos siete personas: mi mamá, mi padrastro y mis cinco hermanos. Mi mamá nunca me ha dicho quién es mi verdadero papá. Mi padrastro trabajaba en construcciones, pero cuando no tenía trabajo, que era casi siempre, se quedaba jugando Nintendo. No se preocupaba por salir a buscar trabajo, no le importaba si comíamos o no; le daba igual.

  Mi mamá trabajaba de ama de casa o vendiendo cajetas. Cuando ella no quería ir, me mandaba a ver a un señor que abusaba sexualmente de mí a cambio de dinero. Yo nunca entendí muy bien qué pasaba; mi mamá era la única que buscaba para darnos de comer.

  Cuando mi padrastro tomaba, le pegaba a mi mamá; tenían discusiones y se golpeaban, se gritaban y se jalaban del pelo. Mis hermanos y yo gritábamos porque pensábamos que se iban a matar. Nos asustábamos mucho. Yo pensé que ellos no se querían. No hablaban para arreglar los problemas; sentía que era infeliz, que no tenía una familia normal y que era la peor en la escuela. Mis notas eran malas. Mi mamá me llevaba a Nicaragua y no pedía permiso a la escuela. Por eso no pasé el grado.

  Yo era peleona y malcriada; hacía lo que hacían mamá y papá: pelear, y nunca tenía amigos porque me ignoraban por ser peleona. Ahora pienso que el estudio es lo mejor que hay, porque puedo salir adelante y tener un trabajo y me gustaría llegar a ser secretaria. Ahora yo me relaciono bien con las personas y puedo tener amigos y amigas.

  Cuando mi mamá estaba sola, es decir, que no vivía con un hombre, nos trataba bien. Pero cuando vivía con algún hombre, casi siempre con uno distinto, entonces nos maltrataba. Esos hombres la golpeaban con los puños cerrados y le jalaban del pelo. Especialmente mi padrastro nos pegaba como si fuéramos animales a mí y a mis hermanas. También me maltrataba con palabras, me decía que yo era una tonta que no servía para nada. Yo pensaba que todo lo que ellos decían era verdad y me sentía mal, pero ahora sé que ellos estaban equivocados. Ahora sé que soy valiente, inteligente y que así como a mí me gusta que me traten bien, soy capaz de amar a las personas que tengo a mi lado.

  A los 12 años trabajaba en una casa en la que, además de limpiar y ordenar, cuidaba a un niño de 5 años. Trabajaba porque quería ayudarle a mi mamá, porque muchas veces no teníamos qué comer.

  Voy a contar algo que para mí ha sido muy difícil de superar: A pesar de todo lo que me hacía mi padrastro, yo nunca pensé que él iba a abusar de mí. Yo creía que él era una persona buena, pero estaba equivocada. Yo tenía 12 años cuando el empezó a abusar de mí. Me obligaba a hacer cosas que yo no quería, pero si me negaba me amenazaba con un cuchillo diciendo que iba a matarme a mí o a mi mamá. Me obligaba a tener relaciones sexuales con él. Yo me sentía fea, pegajosa, cochina; como si fuera prisionera de él.

  Cuando le dije a mi mamá que yo era abusada por mi padrastro, dijo que yo estaba mintiendo. Les aseguro que he hecho lo posible para que mi mamá me creyera. Ella sigue viviendo con el mismo hombre. Salí de esto porque se lo conté a la maestra cuando tenía 14 años. Ella me acompañó a la trabajadora social, quien me dijo que no podía seguir viviendo con mi madre y me envió a la casa de mi abuela. Cuando estuve allí, mi mamá me pidió que quitara la denuncia. Me escapaba porque era muy rebelde, por eso mi abuela no me dejó que me quedara en la casa con ella.

  Así llegué al hogar Manos Amigas. Allí aprendí mucho y me dieron mucha ayuda; me enseñaron cómo puedo llevar mi vida. Por un lado, la psicóloga me ha ayudado a subir mi autoestima, y a hablar sin miedo, a cambiar mi carácter y tener un plan para mi vida. Y por otro lado, las religiosas me han dado educación y cariño y me ayudaron a acercarme a Dios. En síntesis, me han dado todo para ser más feliz.

  Mi padrastro aún está libre, aunque yo lo denuncié. Estoy esperando el juicio para decir toda la verdad. Y yo les digo a todos los niños, niñas y adolescentes que están pasando por alguna o todas las situaciones que yo pasé, que sean fuertes y que no tengan miedo de denunciarlo para que esos malvados paguen por todo el daño que han hecho.

  No quiero que los niños sufran, porque es muy feo. Me siento triste cuando veo personas tiradas. No sólo yo he pasado por estas situaciones, y a veces me pongo a pensar que me gustaría hablar esto con todo el mundo y decirles a las niñas que no tengan miedo. Porque yo pienso: es cierto, somos el futuro, pero sólo nos lastiman. Nos pegan, nos maltratan y lo que los niños queremos es cariño de las personas, no maltrato.

(Ir a la conferencia de Buenos Aires, documento pdf)